domingo, 15 de abril de 2012

ESTAMPAS DE SIRIA EN BLANCO Y NEGRO



Cuando Siria se desangra por el zarpazo de la violencia de un régimen criminal, esta lluviosa tarde de primavera de sábado no puedo dejar de recordar escenas de mi viaje al enigmático país. En este momento, mientras que el régimen vomita fuego sobre Homs, no puedo dejar de recordar caras y personas que se cruzaron por mi periplo viajero en un país fascinante y sobre todo amable. No importa, que sea habitualmente considerado como una especie de “país hostil” para Occidente, las evocaciones son siempre entrañables. Quiero hundirme en un intimismo, y teñir de blanco y negro unas estampas, que jamás se volverán a producir. Parece que los tambores de guerras siguen sonando a lo lejos, en un conflicto cada vez más olvidado.


Vaya este homenaje a un pueblo que sufre, y que pugna por salir de atolladero, que la violencia y un sátrapa les ha obligado a vivir. Entré por una Jordania pulcra, ordenada, casi anglosajona, y los aduaneros Sirios ya prometían. Recelosos, mirada huidiza, y una actitud que pronosticaba problemas, si algún leve problema con tu pasaporte se cruzaba en su cabeza. Poco a poco la grisacia presencia de la frontera iba dando paso a un país “de leche y miel”, en donde la gente, y los niños contemplaban con enormes dosis de expectación cualquier turista que asomara su nariz por un país aún cerrado turísticamente. Las viejas ruínas nabeteas de Palmira, entre las que se conservan edificios prodigiosos como el Agora, el Templo de Bel, el teatro, o las Torres Tumba además de un castillo medieval en lo alto, que brilla como el azafrán por el efecto del sol, conocieron su máximo explendor entre el 266-272, con la reina Zenobia, que vencida por los romanos fue llevaba a Roma con cadenas de oro por su belleza, para convertirse a la fuerza en la esposa de un senador.

Cadenas como las que impone el régimen a sus ciudadanos. Siempre he encontrado a los sirios muy recelosos de hablar, muy orgullosos, y con una dignidad pasmosa. En una tienda de souveniers, encontré a este “niño” estátua. A buen seguro anunciaba las maravillas que su papa vendía. Toda dignidad y con un gesto de desafío como los insurgentes, parece decir “aquí estoy yo”, “y que chulo que soy”. Mi primera escena para el recuerdo. 

...y más niños camino a Alepo. 




Supongo que los Sirios tendrían que tener colmillos como los elefantes, para que las redes sociales, y la prensa canallesca se ocupen de ellos. Cosas de mundo opulento, pero también son cazados. Y entre los bombardeos, y cacerías de las tropas de elite del sátrapa, caen niños sirios. Estos seres entrañables, que siempre son carne de cañón en todos los conflictos. Y en un país enormemente joven, su generaciones más nuevas son consideradas en vez de una promesa de futuro, una maldición bíblica sobre todo en las zonas rurales. Mientras que en otros países, los niños se lanzan al turista reclamando cualquier “chuchería”, la candidez de un grupo de escolares, en una aldea rural, siendo inmensamente felices solo por posar sin esperar nada a cambio, te llena de ternura. Camino a Aleppo, recuerdo la cara feliz de una niña, a la que probablemente se le obligue a colocar ya el chador desde muy pequeña. Sin embargo me cautivó su enorme sonrisa. 



 Recuerdo la animación de un mercado bereber, en el medio de nuestro camino a la segunda ciudad con un bullicio inusitado. Aleppo, la segunda ciudad del país, es también una de las más antiguas del mundo. Mencionada ya en escritos en la antigua Mesopotamia, es una mezcla de idiosincrasia árabe con una ciudad antigua amurallada con nueve puertas, y zocos en donde no vemos algo preparado para el turismo, sino algo genuinamente árabe en donde nadie te acecha para que compres. Bombones, esencias, jabón, artesanía, y sobre todo un ambiente intemporal.





La imponente ciudadela, con la Gran Mezquita, forma parte de los emblemas de la ciudad. Como un enorme Ovni, que hubiese aterrizado en medio de la urbe, es el centro habitado más antiguo de Aleppo. Ruínas de varias culturas, palacios árabes, museos, es la visita perfecta. Aunque Siria es un país laico, no es un buen lugar para ser mujer. Por mucho chador que lleves, siempre hay el corazoncito de mujer debajo. Titularía la estampa de la derecha, como “coquetería bajo el chador”, desde la que sobresalen unas sandalias blancas muy “fashion”. 

Krak de los Caballeros

Los Sirios son un pueblo indómito, a pesar del interés gubernamental de que pasen por el aro,  y eso lo demuestra la altiva fortaleza de Krak de los Caballeros. Imponente bastión de los templarios, permanece casi intacta en el medio de la nada, pero con una estratégica visión. Un monumental edificio, en donde todavía se perciben voces lejanas, y rezuma una épica historia. Corredores, pasadizos, enormes salas pétreas, da idea de la magnitud de la obra templaria en Oriente Medio. No es difícil imaginar su paso por el histórico lugar. Cerrar los ojos y trasladarse a otra época. En las faldas de la fortaleza, una aldea feliz, con lugareños felices, que nos ofrecieron té a llegar. ¿Cómo estarán viviendo la tragedia Siria en estos momentos?. Tengo imágenes de caras despreocupadas y tranquilas. Y ciertas facciones no las puedo olvidar.

Damasco. La cueva de la dinastía sátrapa



Centro del establishment Sirio. Entramos el la magna Damasco. Ciudad monumental antiquísima con una ciudad histórica también amurallada, zocos, y con palacios de cuento como el Azem. Además nido del régimen, y bastante blindada a las revueltas. No pasa de ser una gran ciudad árabe. Caótica, vital, y vibrante. Ciudad también monumental, y cuna de dinastías como los Omeyas. Recuperamos fuerzas probando los dulces sirios, en cuyas pastelerías puedes probarlos, antes de comprar. Pero quiero cerrar este viaje sentimental, con otra estampa especial. Llegamos al anochecer, y escuchamos la llamada de muacín desde la Gran Mezquita de Damasco, que además de la magnificencia de sus mosaicos, esplendor del edificio, es uno de los centros religiosos más importantes del país, en donde se conservan además de reliquias islámicas, la tumba de San Juan Bautista, como símbolo de maridaje perfecto entre cristianos y musulmanes unidos por su necesidad de libertar, pero también tradición islámica.

Recuerdo las mujeres enlutadas de las mezquitas, toda la ceremonia de un ambiente opresivo, trufado con algunas anécdotas, como un mufti que con su turbante, barba larga y cara de pocos amigos se acerca hacia nosotros. ¿habremos hecho algo irreparable que vaya en contra de la tradición islámica?. Pues solo ser Españoles y tener que ponerlo al tanto de las evoluciones del Real Madrid. En la entrada de la mezquita, la guardiana de la tradición islámica, y de que “todas las mujeres” fueran tapaditas, escuchaba al mismo tiempo en la radio “ay maracena, aummmm”. ¡Bendita globalización¡. 


Mi recuerdo y homenaje al pueblo Sirio.

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